querido cosme

Querido Cosme:

Hace más de 11 años que te tuvimos. Me acuerdo del día en que te concebimos sin saber que te deseábamos, pero deseándonos intensamente el uno al otro, tu papá y yo. Era enero, cerca de Reyes, yo me creía segura de no estar fértil y a la vez no me importaba, estaba tan enamorada de Héctor, de la vida, del mundo, de crecer.

Llegué al metro Viaducto desde Taxqueña y Ale me enseñó cómo llegar al depa de Andalucía. Traía esos Levi’s negros entubados, con el cinturón trenzado, mis botitas favoritas, mi playera negra de escote profundo en “V” y ese suéter rosa que es como una celosía. Me desbordaba por ver a Héctor, me moría por él.

No me acuerdo con precisión de nada más de esa visita, sólo de estar todo el tiempo hundida en tu papá y de la sensación, la atmósfera, la luminosidad. Y luego regresar a Aguas para el resto de las vacaciones.

En febrero volví a la ciudad grande para el sexto semestre y sabía en la tripa que estaba embarazada. Se lo dije a Fela, estaba convencida de abortar, no me pude plantear ninguna otra opción. Tu papá se lo contó a Rich, estaba dispuesto a apoyarme en cualquier decisión, a ser papá.

Yo le dije que había decidido abortar, que no estaba lista, que no te deseaba, que me iría pronto de intercambio a Alemania, que no tenía la cara para decirle a mi familia.

Encontré la clínica en internet y agendamos una cita. Pero al verlo todo tan real me sentí devastada, lloraba y lloraba mientras te imaginaba y te dibujaba en acuarela. Sentí que Héctor no entendía mi tristeza. Yo misma no le di espacio, no la validé. Me faltaba tanto por crecer y lamento que eso me impidiera darte tu lugar por tantos años.

Recuerdo vagamente lo que vi en el ultrasonido esas veces, tu saquito vitelial. Me recomendaron esperar más semanas para que crecieras un poco y fuera más efectivo el misoprostol. Pero ahora que sé mucho más de esto, que hemos pasado por tanto, sé que nunca te formaste como embrión, al igual que Ajonjolí y Luci diez años después. Que aunque hubiera decidido tenerte, no era posible, que hasta ahí tocaba.

Mientras estuve embarazada de ti quería siempre gomitas y gelatina. Recuerdó el día que tomé el misoprostol, Héctor estuvo conmigo. El dolor físico lo exageré, quise que creciera, que supliera al dolor emocional, que lo abarcara. Héctor hizo lo mejor que pudo por sostenerlo todo y yo veía cuánto le costaba el dolor y la tristeza.

Sangré mucho, salió tu saquito, muchos coágulos. Lloré, grité y cuando terminó esa parte del proceso acalle mis gritos y pedí sushi: bolas de arroz empanizadas, yakimeshi, un rollo con plátano macho, kushiague y otro rollo para Héctor. Recuerdo que me dijo que había pedido demasiado, pero me lo comí todo, tenía mucha hambre, quería safarme el nudo de la garganta a fuerza de tragar.

Y seguimos enamorados, yo aliviada de no estar embarazada, creyendo que jamás querría ser mamá. Me derretía por tu papá, quería tenerlo adentro, pero respeté las indicaciones del enfermero que me hizo ultrasonido para confirmar mi útero vacío.

Fuimos a Acapulco en esa luz amarilla y fragmentada que irradiamos cuando nos amamos y recuerdo que fue cuando pude volver coger con Héctor al fin. Pero yo no entendía por qué quería descuidarme, que me llenara otra vez de verdad.

La maternidad empezó a aterrarme. Me compré el cuento de mis tías, de mi generación, de que una mujer exitosa, cool, invencible, no es mamá. De que los hijos estorban a nuestro potencial.

Me fui a Stuttgart y poco a poco me destejí, me hundí en el abismo más profundo que he conocido, el abismo de la pérdida no reconocida. Sólo sobrevivir era un esfuerzo, respirar era un esfuerzo, levantarme era un acto heroico. Me escondía de todos con una pena, un encogimiento, una culpa inaccesibles e inconscientes. Héctor me llamaba, me acompañaba. Me visitó como un rayo de luz.

Luego la abuela enfermó. Por fortuna pude venir a despedirme, decirle cuánto la quiero, dibujarla mientras dormía, estar con Héctor.

Pronto volví definitivamente y seguimos juntos con una naturalidad fantástica. Yo empecé a negar públicamente todo interés en la maternidad y deseando privada e inconscientemente que llegara el momento.

Me permití compartírselo a Verde y recordé cómo antes lo hablaba abiertamente con algunos cercanos. Pero ahora fingía que maternar era para otras, para una edad que a mí no me llegaría.

Todo por no saber, por no atreverme a doler por ti, mi Cosme.

Y ahora, mi cometa, cada vez que ha muerto unx de tus hermanxs, se enciende a la vez la luz de tu ausencia. El deseo tan ancestral que tuve que enterrar junto con el dolor de perderte, el miedo a cómo me juzgarían y me humillarían si supieran que me embaracé de ti sin querer a los 21.

Quiero pedirte perdón por mi inmadurez, por negarme a conocerte el momentito que me tocó la suerte de llevarte adentro, por no darte tu duelo hasta ahora, por ocultarte, por titubear al decir que tengo cuatro hijxs y no tres.

Pero esos eran mis recursos, ese era mi lugar, era lo que tenía, me faltaba tanto por crecer, por conocerme, tanto valor.

Te amo, mi galaxia, mi constelación. Te amo mi conexión. Siempre serás mi primer hijo, te llevo siempre conmigo. Gracias por escogernos, por materializar nuestro amor, gracias por empezar a enseñarnos a contar con el otro, a confrontar, a atravesar la dificultad, a maternar y paternar. Gracias por mostrarme mi deseo, aunque me negara a verlo.

Me consuela tanto que cuides a Momo mientras cruza a tu plano. Me abro al fin a amarte vulnerablemente, a llorarte, a sentirte.

Te amo, Cosme, te amé siempre.

Tu mamá

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