el dolor como maestro
No sé sí el dolor me ha vuelto una persona distinta, pero decidí que sea mi maestro. Revela mucho de mí; hace flotar cosas horrorosas, sorprendentes, difíciles. Me da vueltas y vueltas la pregunta: ¿Por qué es tan importante para mí que las personas vean la profundidad de mi dolor? Sostengo la pregunta nada más.
Sostengo otras cosas monstruosas de mí; una adicción al sufrimiento que me ha bailado en frente casi toda la vida y apenas veo. El sufrimiento como expiación o escapatoria, como ablución, el sufrimiento como compensación por no cumplir exigencias, el sufrimiento como zona de comfort, como elección instintiva e involuntaria. Sufrir como castigo por no cumplir todos los mandatos, demandas y expectativas.
Para tener opciones hay que aprender que tenemos opciones. Y aprendo que esto no puede doler menos, cada vez que se me muere unx hijx me quema el alma, se me rompe el cuerpo, mi mente vive un apocalipsis, pero no importa cuánto duela tengo la opción de poco a poco sufrir menos.
Me invade la envidia como no lo hacía desde que yo era chiquita. Me traga viva, me derrite la cabeza, me aprieta el estómago, me vuelve una bestia tremenda, odiosa, tengo pensamientos feísimos. ¿Para qué sirve esta envidia? ¿Qué hago con ella? No quiero su compañía, pero mientras más le cierro la puerta, más entra por las coladeras.
Por momentos lo más doloroso, lo que habilita a la envidia, es la incapacidad de dejar de compararme y competir con otras. El deseo de ganar en esto que se siente como una montaña de derrotas devastadoras. Quiero ganarles a las mamás suertudas de algún modo, moralmente sobre todo. Quiero ser mejor humana, que esta experiencia me transforme para bien, quiero ser más feliz que ellas, más agradecida, más generosa. Esto se siente feo, absurdo e innecesario. Pero aquí está.
A veces me culpo, me imagino insuficiente, no merecedora, incompleta, enferma, indigna.
En realidad no soy ni más ni menos mamá que ellas, y a largo plazo ni más ni menos feliz, ni más ni menos serena, ni mejor o peor humana. La paz y la felicidad se construyen. Cuando son reales terminan por ser independientes de la circunstancia, son internas, son hábitos, son disciplinas. Más allá de estos duelos, de este dolor, tengo la misma capacidad de ser feliz, de estar tranquila, de ser amorosa que una mamá suertuda.
Quizás soy una mamá suertuda. He tenido la suerte de embarazarme naturalmente, de ser mamá de Cosme, de Ajonjolí, Luci y Momo. Estoy harta de vivir en un mundo cientificista donde no se entabla con los muertos. Qué mundo más llano uno donde sólo existe la realidad relativa, donde todo lo que existe puede explicarse, abarcarse.
Elijo maternarles, entablar con ustedes. Elijo tener amistades, maestrxs, bebés que no tienen un cuerpo como el mío, que aún no lo habitan, que ya lo han dejado. Esta maternidad revela otras capas del mundo; lo más oscuro, la luz, la profundidad, lo intangible, lo no lineal, lo vibratorio, lo sutil, lo absoluto.