ésta es nuestra historia y elijo contarla (parte 1)

—Escuchar “saman” de Ólafur Arnalds—

¿Tenemos más historia, más mundo, que lo que nos narramos?

Cada vez que cuento nuestra historia es tan distinta, se encienden partes y otras quedan en la sombra, unas se crecen, otras se distorsionan. He olvidado tantas y a veces me aterra. No quería olvidar ni una chispa de dolor, ni un detalle.

Puedo contarnos una historia del dolor más cegador y sin tregua. Y sería verdad.

Puedo contarnos una historia luminosa de asombro y crecimiento. Y sería verdad.

Muchas veces he contado mi dolor. Como si tejerlo en palabras tramara el hilo que me enreda la tripa y pudiera ir saliendo de mi cuerpo.

No sé si quiero contarnos otra historia. La historia de deseo y amor. Amor en serio, no eso que mal nombramos cuando demandamos y buscamos poseer. Amor sin reciprocidad. Sin condiciones. Sin lógica. 

¿Qué historia quiero contarles, hijxs? ¿La de la mamá que planeó suicidarse para escapar del dolor? ¿Para alcanzarlos atrás de la muerte? ¿La que decidió ser una suicida teórica? ¿O la de la que se levantó una vez, otra vez y más de 500 días con un hoyo en el pecho que amenzaba con tragársela? ¿La de la mamá que plantó un jardín imaginando que un día podrían amarlo como ella, aprender a amar al mundo? ¿La que lavó con cuidado todos los trajecitos de bebé, les descosió las etiquetas, los dobló y los acomodó por tamaños en un cajón?

La de la mamá con la panza vacía que vació el cajón y quiso deshacerse de todo, lo metió violentamente en una bolsa negra y terminó por sacarlo, alisarlo, doblarlo con cuidado y volver a acomodarlo en el cajón. La que cada día, al menos durante una respiración, creyó que era posible que alguien no se muriera, cargar a alguien con vida. La que salió a bailar y se olvidó de sí misma.

La mamá que no podía levantarse por náusea y mareo, luego por pena, luego por desesperanza, luego por envidia. La mamá con la panza llena que fue a nadar, que fue la más feliz de su vida. La que vio por cuarta vez un ser sin vida en un ultrasonido y dejó de saber para dónde es arriba. La que oyó por primera, segunda, tercera vez el latido de su hija antes de oír el silencio asfixiante de su ausencia.

Que aprendió de otra mamá que sus hijxs viven a través de ella y se levantó. Que se sentó en un círculo de dolor con otras mujeres a entender la vulnerabilidad como fuerza. Que conocía un abismo nuevo cada vez que le venía la regla.

Nuestra historia es un holograma, la totalidad está contenida en cada parte. Nuestra vida es un holograma. Nosotros somos un holograma de la humanidad entera, de toda la vida, de todo lo que existe. Somos un ángulo desde donde el holograma se mira. Somos el vacío entre el núcleo y los electrones. Somos las vibraciones que juegan a las partículas. Somos nada. No somos.

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