envidia

Me consume la envidia por quienes maternan desde la ingenuidad de los deseos que se cumplen sin contratiempo, desde la ligereza de un embarazo con mínimos sustos.

Pero si verdaderamente existiera una madre así, y pudiera ver desde dentro mi camino, quizás podría envidiarme de vuelta. Envidiar cómo cada muerte me demuele y me rompe las máscaras de ego. Que se le hacen hoyos a mi vida por donde pasa la luz. Que no ha quedado de otra que dejar que el dolor me arrastre y lo vuelva todo transparente. Que en esta transparencia no he podido ocultarme más. Y desde aquí veo a través de mí misma y de ti.

Que me he quedado sin fuerzas para cargar el fardo que otros me encargaron y lo he perdido en algún lugar de este desolado camino. Me he quedado sola en la oscuridad y he tenido que responderme a mí misma las preguntas que siempre hice a otros. Que sé que mi naturaleza es sanar, que soy mi santuario y mi medicina.

Quizás envidiaría que cada vez que mi sueño se rompe, me muero y tengo que morirme, pero no tienen que renacer conmigo mis partes sofocantes. Que me duele lo que me duele. Que conozco a diosa como sólo la conoce quien conoce el lugar sin diosa. Que he abrazado más allá del miedo el helado cuerpo incorpóreo de la muerte.

Que conozco profundidades que son el abismo del fondo de otras. Conozco desde la desesperación absoluta mis peores potenciales y puedo verme en cada asesina, psicópata, desahuciada y suicida. Que en el dolor no nos separa nada, mi herida las es todas y está contenida en cada una.

Que puedo sostener mis fealdades más turbadoras sin cerrar el corazón o apretar el vientre. Que chapoteo y empiezo a flotar en aguas profundas ante las que otras tiritan o se ahogan. Nado cada vez mejor el oceáno de lágrimas y la mujer que emerge es siempre otra que la que se zambulle. Que el cauce que sigo es el de mi llanto insaciable.

Podría anhelar mi deseo de maternar porque ha sido limpiado forzosamente de toda sombra de duda, de todo dar por hecho, de toda vergüenza, influencia y sumisión. Que valoro la vida en la entraña como antes pretendía hacer desde el intelecto. Que conozco el potencial pirómano de mi enojo y llevo su lumbre en las tinieblas más densas. Que desde él planto los pies y digo “NO”. Que en él se calcinan esperanzas, expectativas, ideales y exigencias que estorban.

Que esta furia inflama mi cuerpo para que al fin ocupe todo el espacio necesario. Un cuerpo sin pudor, con una belleza cruda y encandiladora, con la inteligencia de las rocas, con la vulnerabilidad como único escudo. Un cuerpo que se desarma y necesita dejarse sostener, una ser que se desestructura, derrumba y levanta distinta.

Probablemente envidiaría que soy invencible porque he abandonado el concepto de victoria. Que el mundo crece porque he atravesado lo inatravesable y lo he vuelto a atravesar. Que el mundo es más porque lo habitan mis hijxs intangibles.

Que cada día que te espero soy una mejor mamá y una mejor mujer.

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