mi pececita

Se cumple una semana de tu nacimiento, mi pececita. Ha salido, con el misterio claro y oportuno de siempre, un solo hongo de mi cultivo. Lo pongo en el altar y lo como después de desayunar y sacarme la leche. Me hago bolita en el piso de piedra negra de la cocina, en medio de la muralla que forma la barra, escuchando la música necesaria, instrumental, triste, minimalista, que ha acompañado este año mágico e imposible. Jimena está tomando una llamada en mi escritorio y se le va el internet, viene a sacudirme la cadera mientras lloro, suave. Héctor aparece y nos dice: “Te comiste el hongo”.

La realidad se intensifica muy lentamente, mi cuerpo vibra lleno de vida junto con nuestra casa, el aire, los colores. Aparece la conocida necesidad de guarecerme, de retraerme. Me sumerjo en el edredón con las cortinas cerradas, ondeando. Es la primera vez que vengo aquí sin buscar respuestas, “la respuesta”. La voz de Jimena quién sabe cuándo se convierte en un caleidoscopio verde con momentos rosas, la escucho hablar del libro que está ilustrando, los márgenes, la impresión, la paleta de colores; pero atrás de eso escucho un cariño inmenso por ella, la belleza de su ser. La voz de la señora de la editorial la oigo como si fuera de otra especie que habla un idioma no humano, sus formas y colores llenan el caleidoscopio de volutas incomprensibles. 

Luego siento algo atorado entre el pecho y la garganta, un monstruo con muchas garras que me llegan hasta adentro. En el plexo, en el cuello, hasta adentro de mi vientre. Pienso que hay que luchar con esta bestia oscura con exoesqueleto. Ahí encuentro mi envidia espesa, pútrida, aceitosa, grumosa por el embarazo del hermano de Héctor y su novia. Abrazo a mi odio por ellos, el dolor de compararme, me dejo hundirme en la sensación más insoportable que puedo concebir. Me compadezco de mí, me doy permiso de sentirlo todo, no me acuso ni me condeno, me permito recibirlo todo sin juicios.

El odio no se va, la envidia es muy fuerte, pero puedo ver a Momo nadar a través de todo ese horror, entrar hasta adentro y darle un beso a su primo. Abandono cualquier intento de resolver o desaparecer estos sentimientos y me aferro al amor de ese beso en medio de la porquería.

Entonces la voz de mi cabeza, esa voz que nunca se calla desde que tengo uso del lenguaje, empieza a separarse de mí como una calcomanía. Además de oírla, la veo, narrándome el mundo, queriendo definir y hacer comprensibles las ambigüedades de existir. La veo en su origen queriendo hacer menos hostiles los secretos y las mentiras que me rodeaban mientras crecía. Tratando de explicar la presencia tan densa de mi abuelo muerto y la incongruencia de lo que se me contaba sobre él. Validando los enojos y miedos que no tenían permiso de manifestarse o a veces tejiendo a palabras sus escondites.

Esta voz me dice que hay que luchar, que ésta es la batalla, y le digo: “espera”. 

Siento compasión por esta narradora tan diligente, incansable, y por primera vez no le pido que se calle. Me veo montando ataques furtivos contra ella cuando medito y me disculpo por ello. Le digo sin palabras que la verdad escapará siempre al lenguaje y le agradezco por seguir buscándola conmigo, por dar vueltas procurando acercarnos a alguna certeza. Le agradezco que sea a partir de ella que yo puedo escribir esto, que yo interpreto, desinterpreto y reinterpreto mi mundo y mi experiencia. Durante todo el resto del viaje la escucho amorosamente con la claridad de que la verdad es “ungreifbar” e ilusoria.

Jimena llega de algún modo y siento su masaje, me está haciendo una pintura en la espalda y me maravilla sentir de tan cerca su calidad de artista. A veces Héctor viene a dar unas pinceladas y distingo a la perfección la diferencia de su brochazo y sus colores. El amor con el que los dos me sostienen a trazos para que pueda desmoronarme como es preciso.

Luego nos veo a Héctor y a mí siendo pamás de un pequeño humano, y la felicidad que irradiamos y nos envuelve está hecha de los hijxs que ahora tenemos en otro plano, de este dolor tan inmenso que nos atraviesa. Es entonces cuando me abandono al dolor, le abro valiente todas las esclusas.

Me desconcierta que me traspase una pena tan luminosa y tan clara, un caudal sosegante con refracciones de arcoíris. Es la primera vez que mi dolor fluye sin estancarse, transparente y puro como un río que corre. Jimena está llorando conmigo, la siento al lado mío alimentando el torrente. Me siento libre y poderosa. Le digo a Jimena cuánto me duele, le digo que me siento transparente. Me ofrece traslaparse conmigo para adquirir opacidad, le pido que seamos transparentes las dos, que dejemos pasar toda la luz.

En el río de nuestra tristeza, veo nadando a Momo, mi pececita naranja radiante, la veo alejarse y sé que tiene que irse, se está yendo. Ha cumplido su tiempo. Siento tanto amor y tanta soltura. Nada en mí va a detenerla.

Este dolor es el amor mismo, el amor más grande cuando la ausencia le impide entregarse. Pero me imagino que puede fluir desde aquí a ese otro lugar donde están mis otrxs hijxs, hacia donde Momo nada, y siento tal alivio de poder entregarles lo que es sólo suyo, de que pueda brotar y correr.

La fuerza paciente del río termina por ablandarme al monstruo de las entrañas, parece que se empieza a disolver y ha perdido la claridad y los filos. Entonces le acuno en mis brazos como un bebé y reconozco su sufrimiento, mi sufrimiento.

Me rindo, no hay nada que conquistar, a nadie que vencer, nada que descifrar o concluir. Me da tanta risa pensar en una verdad, en una explicación. La vida no puede explicarse.

Me veo sana, fértil, poderosa, fértil, perfecta en con todas mis fallas, perfecta con todas mis heridas, tensiones, dolores, con todo lo irresolubre, con mis preguntas irrespondibles.

Me veo desnuda como una diosa fuerte, saliendo al mundo, portando mi dolor sin miedo, mi deseo sin vergüenza.

Gracias por venir, mi pececita. Gracias por esto.

la foto es de Héctor

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