cumples un año

Este domingo 30 cumples un año, Ajonjolí, nuestro segundo bebé.

Ahora pienso en dónde estaba yo cuando te perdimos, pequeño dragón, y me admira lo que he crecido durante el año más largo e imposible de mi historia. Estoy feliz de ser tu mamá, de mantenerte conmigo, de hablar cada vez con más soltura de ti, contigo. Te amo cada vez mejor. Ustedes son mis mejores maestrxs, ustedes y el dolor. Ya no me siento sola, ya no me siento víctima. Agradezco donde estoy ahora, y la fuerza que he descubierto para habitar mi deseo sobrecogedor, para aceptar ser mamá habitando mis peores miedos una y otra y otra vez, y para encontrar calma en la incertidumbre absoluta en la que permanece mi deseo de cargarles vivxs.

Ésta es la primera carta que escribí después de traerte al mundo, sin forma tangible, pero como un ser único y maravilloso. Me siento tan distinta de la yo que la escribió, tan sabia, tan madre, tan yo, y es gracias a ti.

Amadx bebé Ajonjolí:

Estoy destrozada, no sé a qué llorarle porque desde hace semanas ya no estabas en mi útero y me pregunto si alguna vez estuviste, si tuviste siquiera un corazón biológico porque nunca logramos escucharlo. Desapareciste, fuiste un misterioso cúmulo de células que re-absorbí. No fuiste técnicamente un bebé, ni un feto, y muy poco de un embrión. Siento que no tengo a qué llorarle más que a un saco vacío y por eso me destrozo.

Pero te lloro más que a un saco vacío, te lloro porque soñaba contigo, con compartirte lo mejor del mundo y acompañarte en lo peor, con aprender contigo a consumir poco y cultivar mucho, con convertirme en mamá, con conocer mi propia fuerza, con impulsarnos mútuamente. Y también te lloro porque soñaba con ponerte ese suetercito chiquitito, hacerte cuentos y juguetes, cargarte en el sol, darte mi leche, desvelarme contigo, dormir contigo, gatear contigo, soñaba que ya éramos 4 y veía en Héctor al mejor papá que podías tener jamás.

Me rompo porque fuiste un deseo tan profundo, espiritual, verdadero y visceral. Porque te prometí que ibas a crecer en la selvosque, quizás con cinco gallinas, aprendiendo con nosotros a amar al cielo y a los árboles y a llorar cuando alguien querido muere.

Y aquí estamos ahora aprendiendo sin ti a llorar a alguien sin forma y sin nombre, alguien que no pude nunca ver bien aunque fuera en el ultrasonido, alguien que amé cuando no era más que una esperanza y una serie de síntomas hormonales difíciles. Estoy furiosa. Quiero echarle la culpa a todos, me siento defraudada, me siento tonta por haber sido optimista. Estoy enojada hasta contigo por desaparecer, por largarte sin decir adiós.

No sé ni por dónde empezar a romperme para un día sanar. Parece tonto llorarte, pero mi útero se siente roto y desolado, adolorido en más de una forma. Me siento hueca y vacía. Ya no estás y nunca vas a estar.

Me siento débil, siento que no pude demostrar que soy fuerte para enfrentar el dolor del aborto ni el dolor de saber que ya no vas a ser. Si fuera más fuerte tal vez sería capaz de intentar otra vez. Pero no me atrevo a intentarlo y descubrir que estoy rota y no puedo hacerlo, me aterra pasar por esto otra vez o por algo peor. Me siento traicionada por haberme sentido tan embarazada y tan hormonal, todo para nada, como si mi cuerpo hubiera querido engañarme. Y odio querer intentar otra vez de cualquier modo. Quisiera romper todo y mandarlo a la chingada, que se calcinara mi deseo de ser mamá y poder demostrarles a todos lo ruda, sola, egoísta e independiente que soy.

Me aterra pensar que esto soy como mamá; alguien frágil, que no aguanta, que se rompe a la primera, con una furia terrible, emputada con todo, con ganas de destruirlo y de autodestruirse, que se cree la más sola y la más herida.

Quisiera escribirte una buena carta donde llorar todo lo que traigo atorado, pero me confunde tanto pensar que ya no estabas ahí para perderte cuando te perdí. Quisiera sentirme aplastada por una tristeza clara y huracánica que lo inunda todo. Llorar como un río. Pero no puedo, no entiendo esta pérdida tan minúscula, invisible, secreta, vergonzosa, solitaria, invalidada e inmensa. Soy un cauce lleno de piedras y un río revuelto tratando de correr. Y sentir que me lo imaginé todo, que nunca exististe, que es ridículo sufrirte tanto, es un dique gigantesco.

Me asfixia pensar que no fuiste más que 4 semanas de intuiciones brillantes, 4 semanas de sentirme mágica y llena de vida, y 4 semanas de fatiga, náuseas y de no poder hablarte porque algo no andaba bien, porque ya no estabas, porque dejaste sólo un saco vacío al que es muy difícil llorarle.

Te fuiste y nada es justo. No es justo haberte parido cuando no eras nada. Un micro parto y un macro dolor. Un falso parto. Un falso embarazo. Una falsa mamá. Una mamá fallida. Una tonta por intentar, estúpida por desear. Mala por enojarme hasta contigo. Queriendo esconderme de todos, que nadie vea mi dolor y mi desgarro. Inflamada, raspada, lastimada y sola. Sin ti.

Y aún así eres y aún así te amo,

Tu mamá


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