querida momo

Querida Momo:

Es confuso celebrar un nacimiento y un funeral a la vez. Es que naciste demasiado pronto.

Esta es la cuarta vez que somos pamás. Todos tus hermanos son invisibles. Imagino que cada uno vino al mundo por algo: Cosme es la línea que no es línea entre dos estrellas de cada constelación. Ajonjolí es del río, el protector de la vida que se genera a partir del agua, lo veo como un dragón con cuerpo de corrientes. Luci es de la luz, la que trae la esperanza donde no parece caber, la que brilla en la oscuridad. 

Y tú, Momo, que viviste 16 semanas en mi panza, 18 para los doctores. Me hubiera gustado tener más tiempo contigo, haber aprovechado más el que tuvimos, conocerte más. Pero te conozco; y me siento las más afortunada. Conocí tu amor por el tamarindo, y tu odio por el ajo y la cebolla que no he logrado superar. Te encantan el yogurt, las nueces y el smoothie de mango, las aceitunas con anchoa, la papaya fría y el atún. Eres muy sensible al ruido, muy callada, una gran observadora. Te gustan las otras formas de vida tanto como a mí, me alegra haberte enseñado los nombres de algunas plantas, lo que más me gusta de ellas, el olor del jazmín. Me encanta saber que conociste la lluvia, que nos acostamos todos juntos bajo ella. Agradezco que me hayas enseñado a ver tantas cosas como si nunca las hubiera visto antes y que viéramos juntas tantas cosas al microscopio, que saliéramos a tomar el sol, que vieras crecer mis hongos.

Cuando te implantaste yo seguía aullando por tus hermanos en la madrugada cuando vi una luz que me levantó de la cama, me senté a llorar en el piso y sentí que me decías: mamá, por qué lloras si ya estoy aquí. Después iba en la bicicleta con una tristeza demoledora y me imaginaba a mis dos abuelas sosteniéndome de los hombros, sin dejarme caer, a tus tres hermanos volando de colores encima de mí. Entonces vi una luz en mi panza, pensé que era Luci, pero esta luz era naranja, se sentía diferente, eras tú. Supe que estaba embarazada porque cuando veía mamás con bebés me sentía feliz y no devastada, envidiosa, asfixiada de deseo como siempre. El nuestro fue un embarazo tan difícil; lleno de miedo, náuseas, vómito, agotamiento, dolor de cuerpo. Me costaba mucho salir, ver a otros, compartir lo que vivía. Pero me sentí feliz, plena, confiada, enamorada, segura de que ibas a nacer. 

Y sí naciste, este 31 de mayo, pero ya no estabas viva. Yo llevaba días confundida sin poder parar de llorar, Yauhtli llevaba días rara, perdiendo mucho peso. Pensé que era un momento más del duelo por tus hermanos, pero el día 29 te vimos en la pantalla del ultrasonido sin crecimiento, sin movimiento, sin latido, sin vida. 

Te tuvimos en casa y tratamos de hacerlo tan parecido a como lo deseábamos si hubieras nacido viva. Me sorprendió que eso tan intenso no se sintiera como dolor, poder abrazarlo, saber tan claramente cómo hacer a cada momento, qué necesitar, sentir exactamente cuando ya venías. Tuve tu cuerpo unos momentos en mi mano y te veías preciosa con los piecitos cruzados, tus orejas tan pequeñitas y una mano en la boca, sentí cómo si me miraras tú también. El saco donde creciste se atoró por horas hasta que me metí a bañar y me sentí tan liberada cuando salió y me quedé vacía. El silencio más amplio y luminoso, una reverencia. 

Creo que voy a lactar, tengo los pechos cada vez más inflamados y adoloridos. Una parte de mí tiene miedo de que sea insoportable sentir la leche y no poder dártela y otra parte siente que nos podría conectar por un poquito más de tiempo, que si nunca tengo un bebé vivo quiero vivir despierta cada parte de este proceso. Hago consciencia de que soy mamá, no cómo quisiera, pero como he podido. Me sumerjo en el dolor como lo hice con cada contracción y me enoja soportarlo tan bien, casi disfrutarlo, quisiera que se parara el mundo, saltar de la órbita, ahogarme en la tristeza, hacer la madre de todos los berrinches, romper lo que me importa, abandonarlo todo, cerrarle la puerta a las personas que quiero, fingir que mi desolación es la única y la más grande del mundo, quisiera que esto me matara, que pudieran enterrarnos juntas, dejar de desear ser madre como nunca supe que era posible desear algo. 

Pero me veo como un fénix quemándome, haciéndome otra vez polvo, cayéndome hasta el centro de la tierra; cada vez más fuerte. Lo único que quiero es seguir intentando todas las veces que pueda, por si acaso es posible sostener a alguna de mis hijas viva, incluso verla crecer. Lo único que pienso es cuándo, cómo levantarnos e intentar otra vez. Y esto me enfurece, me imagino que podría destruir poco a poco mi vida, nuestra relación, a mí, a mi cuerpo, a nosotros. Pero volteo y Héctor está aquí a cada momento, cada vez más sensible, más amoroso, más él, más papá. Y no entiendo por qué no podemos, al menos por un rato, hundirnos en la lástima, en la desesperación, en la autodestrucción y en el odio, como quizás pude hacerlo después de perder a tus hermanos. Una parte de mí se imagina que eso nos daría algún alivio, que nos lograría distraer del dolor, engañarnos como si pudiéramos controlar algo, como si nuestros planes pudieran imponerse a los del universo. 

Pensé que este camino imposible, aterrador, incomprendido, socialmente lleno de vergüenza y culpa me llevaría a la soledad absoluta. Y en lugar de eso he descubierto la profundidad de las amigas, la sensibilidad de mi hermano, los lazos con mis ancestras, el apoyo inquebrantable de una extraña, la lucidez de Yauhtli, la cercanía con tu papá, la compañía permanente de la muerte y el valor de sostenerme a mí misma.

Pero ahora sólo te siento Momo, aquí en mi mano, calientita para siempre, pequeñísima para siempre, en silencio, imposiblemente quieta. El amor más grande de mi vida. El dolor más grande que existe.

Tu mamá

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