el derecho al enojo
Así como corre sin culpa la tristeza, es urgente que corra el enojo.
No puedo más. Intenté acupuntura, sanación uterina, masaje maya, masaje brujil, una limpia, dos constelaciones, terapia somática, terapia de indagación compasiva, terapia conductual, terapia de sistemas, psicomagia, todo tipo de rituales, tarot, suplementos, hierbas, flores de Bach, homeopatía, yoga, meditación rigurosa, meditación libre, visualizaciones, cánticos, mantras, intentar, no intentar, ir a rogarle a la virgen, rezarle a todos los dioses que se me ocurrieron, pedir, no pedir, rendirme, manifestarlo; me he hecho decenas de miles de pesos de análisis, más de trece personas me han metido sondas, cámaras, transductores en la vagina. Y sabes qué. Que todos me siguen diciendo que física, mágica o sistémicamente debe seguir estando en mí. Que algo no he puesto a punto, que me falta resolver algo, sanar algo, soltar algo. Que no puedo por quererlo demasiado. Que algo no he probado. Que me recomiendan al próximo doctor milagro, la curandera definitiva. Estoy exhausta. Estoy hasta la madre de sentirme responsable, como si algo yo pudiera hacer por lograrlo, como si pudiera decidir o resolver lo que nos pasa. Y sabes qué más. Que alrededor de mí hay miles de mujeres teniendo bebés como si nada y ellas tampoco lo han resuelto todo, puesto todo en orden, que mil cosas no han siquiera empezado a sanar y que no han intentado nada. Yo estoy hasta la madre. Me quedo por ahora con mi enojo y mi envidia. No puedo seguir exigiéndome sanar nada ni puedo vivir así. Estoy harta. Estoy harta de verle el lado bueno, el potencial de crecimiento, de agradecer y de tener esperanza para que se me vuelva a partir el alma. Estoy emputada con la vida y la verdad, por ahora, tengo derecho.